Mishima tenĆa veintitantos aƱos cuando escribió el primero de estos relatos, y ya sabĆa hacer lo que muy pocos escritores aprenden en toda una vida: convertir la memoria en paisaje, los ancestros en presencias fĆsicas, el deseo en algo que duele como una herida antigua.
Lo que encontrarĆ”s en estas pĆ”ginas no es Japón como postal ni como exotismo de exportación. Es un mundo donde una abuela con neuralgias puede transformar una casa entera en un campo de tensión, donde una dama del periodo Heian huye con un monje y termina aterrada frente al mar sin saber exactamente de quĆ© tiene miedo, donde una fotografĆa oval y deteriorada guarda mĆ”s vida que muchas novelas enteras y donde una joven estrella de cine descubre que la fama no alivia el vacĆo, solo lo vuelve mĆ”s visible.
El autor nipón mĆ”s famoso del siglo XX escribe sobre el pasado como si fuera una sustancia que habita los cuerpos: los ancestros no son recuerdos, son inquilinos. Y debajo de todo -del lino blanco, de las cigarras, de los crucifijos de plata y los quimonos con emblemas nobiliarios- late una pregunta que no ha envejecido ni un dĆa: ĀæquĆ© hacemos con el deseo cuando no tiene a dónde ir?